.

.

Su susurro.

Le miro por última vez a los ojos...Dios, sí que cuesta decir adiós. Su mirada grisácea me recorre de arriba abajo mientras de mis ojos comienzan a brotar lágrimas. "Te ha hecho daño", "te ha hecho daño", "te ha hecho daño"...Repite sin cesar mi corazón. Es cierto. No he de volver a verle, pero es inevitable caer en su encanto, en su voz, en su mirada, en su cuerpo, en su pelo, en sus palabras. Realmente es un ángel caído, un ángel que sólo provoca estragos en mi corazón, un ángel dañino como Lucifer, y es que cuando él me susurra de esa manera, cuando acerca tanto sus labios a mí rostro no puedo evitar caer en sus redes. Todo es culpa de ese susurro, ese susurro que es igual al de la tentación, al del pecado, al del peligro, al de Lucifer.

domingo, 22 de diciembre de 2013

ALAS NEGRAS.



 Esto es un pequeño relato que escribí para un concurso del instituto que no gané, espero que lo leáis y me digáis que es lo que no os puede gustar o directamente decidme que es lo que no os  gusta y que es lo que está mal.

1.

Como cada día, después de que su padre comenzara a maltratar a su madre y de que sus compañeros de clase empezaran a burlarse de él, Héctor iba a una pequeña montaña cerca de su pueblo y se quedaba al borde de un precipicio, esperando que apareciera el valor suficiente como para lanzarse al vacío. Su vida era realmente triste. Nunca había tenido un sueño por el que se tuviera que esforzar, nunca había tenido un amigo que hubiera sabido apoyarle cuando más lo necesitaba, sólo se tenía a sí mismo y él también se odiaba. Héctor, seguía el camino hacia el precipicio cuando oyó una especie de voz y se escondió detrás de unos árboles. Justo enfrente de donde él se situaba, flotando en el aire, había una especie de bola de luz con forma de mujer.
<<Oh, genial, ahora encima tengo alucinaciones. >> --pensó Héctor.
El ruido que había oído parecía ser los lamentos de esa cosa brillante. Imposible. Son solo alucinaciones se repetía el muchacho constantemente. ¿Cómo podía una bola de luz aparecida de la nada flotar sin que la gravedad le afectase y encima que estuviera llorando? Héctor se estaba volviendo demente. Pero… a pesar de la extraña y psicótica situación, esa silueta de mujer iluminada conforme más la contemplaba, más hermosa le parecía. Y justo cuando empezó a pensar eso, una sensación de calidez le inundó por dentro sintiéndose miserable por querer quitarse la vida. ¿Era posible que la mente de Héctor estuviera provocando esas alucinaciones para que él olvidara de una vez por todas la idea de suicidarse? Era una de las opciones más probables, era eso o realmente había una cosa llorando y flotando en medio del cielo.
Sin que él lo ordenara sus piernas comenzaron a moverse hacia ella, por algún motivo  necesitaba contemplarla desde más cerca, más, más. Cuando la tuvo prácticamente en frente, dos lágrimas resbalaron por su rostro. No sabía el porqué de todo lo que estaba pasando, lo único que sabía era que esa silueta le recordaba los buenos momentos de su vida, las alegrías antes de la tristeza, las sonrisas antes de las lágrimas. La esperanza de vivir volvió a ocupar su mente. Quiso agradecerle a esa bola de luz, quiso cogerla, tocarla, guardarla para los momentos tristes, y justo por eso, dio el paso que no tenía que dar. Su pie resbaló por el borde del precipicio y un segundo después se vio cayendo y gritando. No quería morir. Y no lo hizo. La bola de luz ya no era una bola de luz, era una mujer con dos alas negras desplegadas en su espalda. Le agarró fuertemente y lo dejó al pie de la montaña. Durante ese corto trayecto Héctor pudo contemplar sus ojos medio rojos medio negros, pudo observar su tersa y blanca piel, pudo incluso olerla.
-¿Sabes? No deberías volver aquí nunca más. Vive, humano, vive. –susurró en su oído, y él, quedó inconsciente.


 Después de ese extraño acontecimiento que marcó muy profundamente a Héctor, éste mismo no volvió a ser el mismo. Cuando despertó en el hospital tras haber estado tres días inconsciente, se fue de casa y emprendió una nueva vida con el único objetivo de averiguar quién era esa mujer, por qué flotaba y como había sido capaz de salvarle. Habían pasado diez años desde eso, y ahora Héctor tenia veintidós años, estudiaba Teología y estaba terriblemente obsesionado con esa mujer. Su carácter era bastante fuerte, todo le molestaba y cuidado con lo que hacías, porque si al pasar por su lado le rozabas, ya te ganabas su desprecio, pero en el fondo era buena gente. Había decidido estudiar Teología por si de casualidad algo relacionado con Dios, los ángeles o el cielo le ayudaba a encontrar pistas sobre esa chica de alas negras que hace diez años le había rescatado. Jamás podría olvidar el tacto de sus manos, tampoco su olor, ese olor tan característico que no se podría describir con palabras.
Dejando aparte la hermosura de la chica, también había estado indagando sobre el hecho de que pudiera evitar la fuerza de la gravedad, es decir, había estado indagando sobre la ingravidez que presentaba. La mayoría de los artículos científicos que había leído decían lo mismo: “La ingravidez es el estado en el que el sólo peso del cuerpo lo mantiene en caída libre con lo cual (en ausencia de referencias externas al sistema que cae ) el efecto de la gravedad no se percibe.” O cosas parecidas. Así que ya que ni los métodos científicos ni los imaginarios habían surtido efecto, Héctor decidió probar con los métodos religiosos.
-¡Héctor! ¿Se puede saber que estás pensando? Atiende de vez en cuando, sino te irás fuera de mi clase. –el rubio levantó la mirada de su cuaderno repleto de dibujos de alas y chicas con diferentes rostros y miró interrogante al profesor.
-Perdón. –dijo a regañadientes. Nada de lo que estaban dando ahora le servía. Él quería saber más sobre ángeles, como eran, si habían indicios de que existieran… algo, algo que le ayudara a encontrarla a ella.
Cuando el timbre sonó, Héctor salió disparado de clase y se dirigió a la biblioteca. ¿Cómo en los dos años de carrera que llevaba, nunca se le había ocurrido mirar allí? Estaba empezando a pensar que era realmente estúpido, además de demente. Pronto se vio rodeado de libros hablando de Dios, sus mandamientos y todas esas cosas en las que él no creía, a excepción de los ángeles. 
-Los Diez Mandamientos, El Libro de Enoch, La Biblia… ¡Ajá, Todo Sobre Los Ángeles! –rápidamente comenzó a leerlo, a apuntar millones y millones de detalles que podían ser relacionados con ella. Hubo una cosa que le hizo parar. Un dibujo. Un dibujo de una chica prácticamente igual a la que le había rescatado y en el pie de la fotografía una simple frase “Ángeles de la guarda”.
 Fue la gota que colmó el vaso. Cerró el libro de gol pe y miró el nombre del escritor. Ignacio Leblanc, nacido en el 1980, teólogo 3.francés, residente en París. No hubo nada más que decir, bueno, mejor dicho, no hubo nada más que leer.
Dos días después Héctor ya había sacado el billete de vuelo a Francia. No necesitaba despedirse o dar explicaciones a alguien. Después de su huida del hospital no había vuelto a hablar con sus padres, que por parte de conocidos de la infancia, se enteró de que se habían separado y de que su madre por fin tuvo el coraje suficiente para denunciar el maltrato sufrido.
-Allá voy, espérame un poco más por favor. –suspiró en voz baja Héctor mientras contemplaba el cielo nocturno.
París siempre había sido una de sus ciudades favoritas. Le gustaba el ambiente que se respiraba, le gustaba la gentileza de la gente, le gustaba sus “¡Bounjour!”  matutinos que le regalaban con una sonrisa. Y por supuesto también le gustaban sus croissants. Era adicto a ellos, sobre todo si estaban rellenos de chocolate. Se le escapó una risita. Estaba en París, la ciudad del amor, para encontrar a un teólogo francés para que le explicara de donde había sacado ese dibujo y él estaba pensando en croissants rellenos de chocolate. 
Por lo que él tenía entendido y había investigado, todas las mañanas a las ocho en punto Ignacio acudía a la Basílica del Sacré Coeur, a visitar a algunos de sus amigos y a por supuesto, rezar. Así que allí estaba Héctor observando la hermosura de la Basílica. El exterior estaba rodeado por millones y millones de árboles en pleno florecimiento a causa de la reciente primavera, y mucha gente se tomaba fotos emocionada, tanto franceses como turistas.  Héctor se paró delante de un coche y se observó. Tenía aspecto cansado, su pelo rubio estaba más revuelto que nunca y unas profundas ojeras rodeaban sus ojos, no estaba demasiado presentable, pero era urgente, no era momento para preocuparse por el aspecto. Entró dentro de la Basílica y no tuvo tiempo a penas de mirar a su alrededor pues justo en frente de él estaba Ignacio Leblanc.
-Perdone—empezó Héctor con un francés un poco extraño-- ¿podría hablar con usted un momento?
-Eh…sí, claro que sí. –le hizo un gesto al rubio para que lo siguiera. Entraron en una pequeña biblioteca y se sentaron.
-Lo primero, mi nombre es Héctor, encantado de conocerle. –el teólogo se limitó a asentir. –Me gustaría preguntarle acerca de un dibujo… --abrió la mochila que llevaba colgada a la espalda y extrajo el libro por la página del dibujo. –Éste de aquí, el que identifica a esta mujer como ángel de la guarda. ¿De dónde lo ha sacado?

 -Lo dibujó uno de los monjes que trabajan en esta Basílica. ¿Por qué lo pregunta? –al principio Héctor dudó, pero le contó su historia, de principio a fin. 

–Oh, interesante…probablemente no fueron alucinaciones. A veces cuando una persona ha sufrido mucho, su alma también. Así que lo que tú viste, esa luz con forma de mujer, era tu alma y tu ángel de la guarda fusionados, la brillantez provenía de tu alma rota, y la silueta de tu ángel de la guarda.
-Lo que usted me está diciendo es que…la mujer de la que llevó enamorado diez años, está dentro de mí. O sea que es como…si estuviera enamorado de mí mismo. –enterró la cara entre sus manos. Todos sus esfuerzos, todo el amor procesado… todo era una ilusión, una mentira.
-Sí. Entiendo que te enamoraras de ella, es normal, los ángeles de la guarda son hermosos…pero es parte de ti, no la busques porque no la encontraras, no la pienses porque ella no te pensará, no la sientas porque ella tampoco  lo hará. 
-Como voy a olvidarla…como…sus ojos… su piel… sus alas negras como el carbón…
-¿Alas negras? –Héctor atisbó cierta alarma en la voz del teólogo. Levantó la mirada y vio su expresión horrorizada. --¿La mujer que te rescató tenía las alas negras?
-Sí… ¿Por, por qué?
-¡FUERA DE AQUÍ! –el rubio se asustó y se levantó.
-¿Qu- qué pasa?
-Lo que tú tienes dentro no es un ángel de la guarda, es un demonio. No eres un humano normal, tienes un desequilibrio en tus sentimientos, has abierto la puerta equivocada. ¿Por qué te crees que se ha formado ese demonio? ¡Por todos tus malos sentimientos! Lo que viste en aquel entonces fue a tu ángel de la guarda y a tu alma muriendo, y cuando te dejaste caer por el precipicio ellos terminaron de morir, dejando paso al demonio. ¿Piensas que eres una buena persona? ¿Piensas que todos los que te han hecho daño merecen morir? ¡Di la verdad!
-Yo-yo… eso es imposible…soy una buena persona y los que me hicieron daño…sí, merecen morir. ¡Por su culpa mí día a día, era peor que el infierno! Ellos me hicieron así. ¡ELLOS TIENEN LA CULPA! –las lágrimas comenzaron a resbalarse por su rostro mientras con rabia tiraba todos los libros de las estanterías al suelo, mientras pegaba patadas a todos los muebles, mientras el demonio iba floreciendo en su interior.
 Un pitido resonó en su cabeza, se llevó las manos a la cabeza e intentó controlarse. ¿Qué estaba pasando? Se miró en un espejo y sorprendido contempló como su pelo se volvía negro, como sus ojos adquirían un rojo sangre.
. -¿Qué está pasando? He oído ruidos… --el cura que acababa de aparecer en la puerta no pudo acabar su frase, pues Héctor ya estaba encima de él, agarrando su cuello entre sus manos, matándolo.
Héctor estaba confuso, había una lucha en su interior. La puerta se había roto y los malos y buenos sentimientos peleaban. Él no quería ser así, él no era un demonio, él era un chico normal y corriente. No, él quería ser así, él era un demonio. Gritó y salió corriendo dejando atrás a un Ignacio Leblanc intentando salvar al cura y rezando por ese pobre muchacho.

Una vez estuvo fuera se dejó caer contra una pared, en la parte de detrás de la Basílica y respiró profundamente. Acababa de experimentar la fase de negación y la de revelación. ¿Cuál quedaba ahora? Intentó calmarse y olvidar lo que acababa de hacer. Lo que él pensaba que era amor… no había sido nada más que un sucio truco del demonio que habitaba en su interior. Las lágrimas volvieron a salir. Era cierto, realmente era cierto. Todo ese odio almacenado hacia sus compañeros de clase, toda esa decepción acumulada hacia su padre, toda esa tristeza y pena dirigida a su madre, todo eso era lo que había creado al demonio. Tal vez lo mejor era morir. Pero si moría, ella también moriría. Sí, sí, sabía perfectamente que “ella” era un demonio, pero la había querido por más de diez años. ¿Cómo de repente iba a matarla?
-Ahora creo que realmente me he vuelto loco. –murmuró. –Tengo que tomar una decisión. Já, y pensar que ahora quiero salvar mi vida antes que nada, y antes sólo quería morir…la vida es realmente irónica. Tú, el de ahí arriba –señaló al cielo-- ¿Tienes algo en contra mía? –suspiró. 
- Antes de morir me hubiera gustado volver a ver a mi madre y pedirle perdón por haberle dejado sola, antes de morir me gustaría casarme, tener hijos…--los sollozos le impidieron seguir. Abrió la mochila y sacó una pequeña daga que su padre le regaló cuando tenía doce años. Sonrió. A pesar de todo sonrió, iba a matarla a ella y a sí mismo, pero sonrió. Porque había aprendido a sonreír incluso en los peores momentos.
-Adiós, mundo cruel. –notó una punzada en el pecho. Probablemente el demonio intentaba salvarse, pero no había vuelta atrás. Agarró la daga con fuerza y la clavó justo encima de su corazón. La sangre comenzó a brotar sin descanso. Héctor cerró los ojos.

 En el Cielo, se corrió la voz de que una vida humana había sido sacrificada para matar a un demonio. Los ángeles mostraron su respeto y pensaron en una manera de devolver al joven a la vida. Una chica de pelo negro y ojos mitad negros mitad rojos se  ofreció voluntaria para entregar su vida a cambio de la del muchacho. Todos los demás ángeles asintieron. La muchacha desplegó sus alas y se dirigió hacia Héctor. Cuando estaba enfrente de él, sonrió. Era el humano más fuerte que nunca había visto. Se inclinó y susurró en su oreja:
-Te dije que vivieras. 
Héctor abrió los ojos en el preciso momento en que ella se metía dentro de su cuerpo y sonrió. 
-Sabía que no eras un demonio. –murmuró él.

                    FIN

4 comentarios:

  1. Sinceramente ahora mismo no sería capaz de decirte si encuentro algo que esta mal, porque lo que te señalaría es lo rápido que pasa todo, pero yo misma se que en un concurso te piden un mínimo de caras, haciéndote sintetizar al máximo todo para poder contar todo lo que se quiere. Así que yo por lo demás no veo fallos, me ha gustado.
    Un saludo
    In love
    P.D: siento si no te ha servido esto de mucha ayuda.

    ResponderEliminar
  2. AMO COMO ESCRIBES, EN SERIO, ME ENCANTA. Me recuerda tanto a Cassandra Clare en Cazadores de Sombras. No entiendo como no ganaste al menos algo, yo que sé, un premio de consolación por lo menos. A mi me ha gustado al menos, vaya.
    Muchos besos guapísima.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buah comentarios como este me animan mucho de verdad!! Ciertamente Cassandra Clare es una de mis escritoras favoritas y Cazadores de Sombras una de mis sagas favoritas!
      Si te gusta el rollo ángeles, empieza a leer mi nueva historia: Sombras en la noche: ¿Te atreves a cazarme?
      ¡Muchos besos guapísima, espero que te guste! <3

      Eliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar