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Su susurro.

Le miro por última vez a los ojos...Dios, sí que cuesta decir adiós. Su mirada grisácea me recorre de arriba abajo mientras de mis ojos comienzan a brotar lágrimas. "Te ha hecho daño", "te ha hecho daño", "te ha hecho daño"...Repite sin cesar mi corazón. Es cierto. No he de volver a verle, pero es inevitable caer en su encanto, en su voz, en su mirada, en su cuerpo, en su pelo, en sus palabras. Realmente es un ángel caído, un ángel que sólo provoca estragos en mi corazón, un ángel dañino como Lucifer, y es que cuando él me susurra de esa manera, cuando acerca tanto sus labios a mí rostro no puedo evitar caer en sus redes. Todo es culpa de ese susurro, ese susurro que es igual al de la tentación, al del pecado, al del peligro, al de Lucifer.

domingo, 5 de enero de 2014

La entrada del invierno.



Agachó la cabeza para que nadie viera sus lágrimas derramarse. Ella siempre agachaba su cabeza. Le dolía el corazón y no quería que nadie se preocupara, pues cuánto dolor se estaba produciendo dentro de ella. No se podía explicar con palabras, pero sentía su corazón romperse en cientos de pedazos. Él ya no era quien solía ser. Ya no era el chico del que estaba enamorada, ahora no quería salir con ella a ningún sitio, sólo quería ir al tema y después irse, soltaba su mano en cuanto se encontraban a alguien conocido, la rechazaba, la despreciaba. Pero ella ciega de amor, no se dio cuenta hasta que la verdad le golpeó como el más fuerte martillo.

Salía de casa como cualquier día, pero había algo diferente. Notaba pequeñas punzadas de inquietud. Dicen que las mujeres somos las de la intuición, pues bien, ella ya se olía que algo malo iba a suceder. Siguió el recorrido habitual para llegar a la universidad. Era un día frío y gris, de esos en los que parece que todo el mundo está triste. Cuando ella se encontró frente a la universidad sus ojos vieron algo que no desearían ver. Él estaba besando a otra chica, y vio como ella, nuestra protagonista de corazón roto, lo observaba y a pesar de eso no paró.

Ella, se dio la vuelta, y agachó la cabeza, al igual que al principio de este relato. No quería que viera que le importaba. Sus labios temblaban, y no de frío. Las lágrimas comenzaron a derramarse al mismo tiempo en que la nieve caía con fuerza, inundando el alma de esa pobre chica, de frío y tristeza.

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