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Su susurro.

Le miro por última vez a los ojos...Dios, sí que cuesta decir adiós. Su mirada grisácea me recorre de arriba abajo mientras de mis ojos comienzan a brotar lágrimas. "Te ha hecho daño", "te ha hecho daño", "te ha hecho daño"...Repite sin cesar mi corazón. Es cierto. No he de volver a verle, pero es inevitable caer en su encanto, en su voz, en su mirada, en su cuerpo, en su pelo, en sus palabras. Realmente es un ángel caído, un ángel que sólo provoca estragos en mi corazón, un ángel dañino como Lucifer, y es que cuando él me susurra de esa manera, cuando acerca tanto sus labios a mí rostro no puedo evitar caer en sus redes. Todo es culpa de ese susurro, ese susurro que es igual al de la tentación, al del pecado, al del peligro, al de Lucifer.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Los límites.

Lo primero de todo... ¡Hola viejos seguidores! Hace bastante tiempo que no publicaba en el blog pero es cierto que tampoco he sentido la confianza en mi escritura como para seguir publicando, pero he vuelto y con muchas ganas. ¡Espero que os guste este texto inspirado en la protagonista de una novela que me gusta muchísimo!


La rabia le consumía por dentro y amenazaba con hacerla explotar. Respiraba hondo intentando tranquilizarse pero ni la valeriana más poderosa hubiera conseguido calmarla. Estaba, hablando mal, hasta los cojones de tener que guardarse todo lo que pensaba, todo lo que sentía, todo lo que le hacía daño o le molestaba. Pero, claro, ella no podía decirlo si quería seguir estando dónde estaba y por eso lo aguantaba. Porque a pesar de todo era lo más cerca de la felicidad que estaba y sí para llegar a conseguirla tenía que comérselo todo, se lo comería.

 Aunque como todo en la vida, tenía unos límites a los que acababa de llegar.

Quería desahogarse aunque eso implicara hacerse daño a sí misma, era tan insignificante el amor que se sentía que se provocó mucho dolor. No lloró, ni una mísera lágrima de sufrimiento, nada. Sólo repetía el movimiento que hacía a su organismo sangrar, por fuera y por dentro.

De lo que nunca se dio cuenta era que ella nunca había sido feliz, ni lo sería si seguía pensando así.



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